Todo comienza un precioso día, de hecho, todos lo son, incluso aunque llueva. Por alguna extraña razón, aunque la proporción de días de lluvia/soleados en nuestro país no tiene comparación, seguimos despotricando de los días lluviosos sin disfrutarlos en su justa medida. Perdón, creo que me he desviado.

Repito. Todo comienza un precioso dia, en el cual, todavía legañoso y sorbiendo un café no demasiado bueno en un bar, alguien me enseña un iPod, concretamente un iPod nano de 1ª generación. Para ese entonces yo poseía un reproductor de mp3 destartalado (el tercero, ya que sus predecesores habían muerto por sobreuso).

Debo admitir con humildad que por entonces (admitir también es de sabios) yo era de los que pensaba que los productos de Apple estaban destinados exclusivamente a los diseñadores y a gente pudiente. A pesar de que el precio del aparato en cuestión me escandalizó, tras toquetearlo un rato, me pareció simplemente genial. Un més más tarde, tras repetidas visitas a la Apple Store Española, a infinidad de páginas web de gadgets, y a diversos centros comerciales (para trastear el producto en persona antes de comprar), opté por un pequeño y fabuloso iPod Shuffle que tras meses y meses de música (e incluso una sesión de lavadora metido dentro del bolsillo de mis vaqueros) sigue funcionando. Yo entonces acababa de morder la manzana.

Apple fans

“No, no es para el iPhone; esta cola es para lo próximo que se invente Steve Jobs” / Via: Webomatica

Ahora, en mayo de 2010, salgo del Metro de Barcelona… He visto en dos trasbordos media docena de iPhones en manos de gente de todo tipo; ejecutivos, jóvenes e incluso un chaval que venía de la escuela, a juzgar por su mochila a la espalda.

Un iPhone libre es un aparato ciertamente caro, muy caro; un iPhone con contrato en Telefónica (perdón, ahora Movistar), supone unas tarifas caras, muy caras. Sin embargo, por diversas razones, y a pesar del coste que conlleva, el iPhone se ha popularizado; lo que antes podía pasar perfectamente por un producto de lujo destinado a yuppies y ejecutivos, ahora está en manos de todo el mundo, y su precio sigue sin ser un regalo. No es bueno ni malo, no lo critico ni lo alabo; es una visión objetiva; yo mismo he estado tentado de hacerme con uno.

Recuerdo que en una sobremesa, bastante lejana, alguien anunciaba las bondades de un iPhone; yo con mirarlo y trastearlo unos minutos ya estaba fascinado. Se me ocurrió preguntar, sin insidia alguna, y por pura curiosidad “¿por qué  te lo has comprado, qué prestaciones tiene?” Respuesta: “no sé… es una pasada, es el mejor móvil que he tenido nunca”. No es la respuesta que esperaba, sin embargo ya la he escuchado numerosas veces.

Recientemente, mi preciado teléfono trasto Nokia empezó a hacer el tonto (ya lleva una reparación previa), y aprovechando mi portabilidad a una teleoperadora de telefonía más económica para mis necesidades, decidí dar el paso hacia un smartphone HTC Desire de última generación.  ¿Lo necesitaba realmente de forma imperante?: No. ¿Era imprescindible para mi vida diaria?: No. ¿Era barato?: No. ¿Sabía todas y cada una de sus especificaciones y la mayor parte de sus funcionalidades?: Sí. Puede que fuera un capricho (lo era y lo es), sin embargo era consciente de qué estaba comprando y de qué me podía ofrecer, con el valor añadido para mi de poder de trastear con un SO que nunca había probado a fondo (Android) y un diseño de un marca que nunca había tocado (HTC) . Además, con toda sinceridad, no negaré que la sensación de desvincularme un poco de la inercia del momento actual, en el cual casi todo el mundo tiene un iPhone, también era una perspectiva interesante.

Actualmente conviven en perfecta armonía en mi hogar un PC con Windows Vista (Microsoft), un portátil Macbook (Apple) y un teléfono HTC con Android (HTC el teléfono, Android el sistema operativo de Google). La convivencia empresarial es bastante más agreste: Microsoft y Apple encarnan una de las batallas tecnológicas más duras de la historia, Apple denuncia a HTC por infringir patentes, Microsoft acusa a Google de violar patentes con su SO Android, (¡ah, por cierto!, los de mi teléfono trasto, Nokia, también se pelean con Apple y viceversa) y así podríamos continuar…

Si nos acercamos a los foros especializados en tecnología y a las “tertulias” que se organizan espontáneamente en los comentarios de blogs especializados o de noticias de prensa, las batallas entre fanboys (seguidores acérrimos de marcas, más parecidos a comerciales a comisión que a aficionados) llegan a límites hilarantes, llegando al insulto y a las descalificaciones más soeces imaginables (los fanboys de Apple tienen incluso entrada propia en Wikipedia).

Yo, sin embargo, cuando entro en mi casa, no veo rastros de pelea o batallas campales; mi PC no ha empujado al Macbook dentro la pecera de mi tortuga, ni este último empieza a despotricar como un tertuliano de Interoconomía (o como Gabilondo… no vaya a ser que alguien se nos ofenda por ser parciales) cuando suena el sonido de inicio de Windows Vista. Por supuesto, mi HTC tampoco se vuelve histérico cuando lo dejo al lado de unos de los otros dos.

Lo mismo que ocurre con los productos tecnológicos de las diferentes grandes empresas puede llevarse a multitud de campos, y podríamos ver que ocurren los mismo hechos: en el fútbol, en la política (especialmente) y muchos otros. Cuando hacemos una cosa tan nuestra que la identificamos con nosotros mismos y desdeñamos el resto, nos convertimos en esclavos del dogma.

Como ciudadano medio, a Apple a Microsoft o cualquier empresa tecnógica, les interesas realmente (mas allá del uso de todas las estrategias de marketing para acercarse al cliente) cuando compras un producto o contratas un servicio, de la misma manera que como ciudadano medio, al PSOE, al PP o a cualquiera de los partidos mayoritarios, les interesas realmente (más allá de declaraciones demagógicas o propuestas populistas) estrictamente cada X años cuando tienes que poner un voto en una urna. Es una relación pura y dura de interés; no veo necesidad alguna, en ningún caso, de hacer proselitismo gratuito.

Todos hemos hecho proselitismo en algún momento (incluso sin ser conscientes de ello), yo también, debo admitirlo. Sin embargo, con el paso de los años, servidor se dio cuenta en algún momento que todo se basa en aprovechar de cada cosa, sea un producto, una empresa o una ideología política, lo que nos conviene y mantenernos en un “inestable” equilibrio constante. A veces, cuando bromeas sobre algún tema sin más ánimo que el humor (sea del campo que sea), te das cuenta de la existencia de las reacciones ajenas agresivas y caústicas (verbal o textualmente hablando) de aquellos que viven más cercanos al dogma, da igual de qué lado estén.

Todos los extremos, son malos… si los defendemos como si nos fuera la vida en ello.