Documentalista 2.0
Mimar al trabajador: la última frontera
Siempre se ensalza la virtud del emprendedor, del innovador, de aquel que va un paso por delante y toma decisiones que, precisamente por ser decisiones difíciles, implican riesgos. El emprendedor que apuesta, que invierte (económicamente) en un proyecto, merece siempre alabanzas y soporte en su iniciativa. Sin embargo, servidor cree que emprender e innovar en una empresa es más que poner en marcha los engranajes de un negocio en pos de un beneficio futuro. Si la inversión inicial para poner en marcha un proyecto suele ser enorme, uno se pregunta si existe la misma voluntad de invertir en las personas, en el equipo humano que deberá soportar dicho proyecto. Por invertir en las personas, uno no se refiere exclusivamente a ofrecer unas remuneraciones más o menos competitivas.
Existe la idea ya muy usada de que el trabajador debe demostrar devoción e interés por su empresa (aunque algunos empresarios estén en realidad maquillando la palabra ‘sacrificio’), así como altos niveles de proactividad y excelencia en su cometido profesional. ¿Acaso no debería la empresa demostrar también devoción por su trabajador. Predicar con el ejemplo?
En épocas de crisis se presiona al trabajador para que produzca más y mejor a fin de mantener a flote (rentable) la empresa. En algunos casos, incluso se llega a culpabilizar directamente al trabajador de la situación (con más o menos razón). En una situación o en la otra, el empresario traslada la urgencia al trabajador, un trabajador que ya no trabaja por una mejora de sus condiciones laborales, sino por no ver emperorar las que ya tiene y mantener su status quo laboral. Desde mi punto de vista, es deber del empresario que se quiera llamar verdadero emprendedor e innovador asumir riesgos en estos momentos delicados. Lejos de presionar al trabajador, se le deberían ofrecer mejoras y refuerzos positivos pequeños pero constantes, a fin de mantener su motivación en alza y hacerle más productivo; eso SÍ es invertir. Al fin y al cabo, un trabajador que lucha por mantener su puesto bajo ‘amenaza’ de que sus condiciones peligren, puede ser un trabajador extremadamente eficiente, pero desde luego, deja de ser un trabajador motivado y un trabajador sin motivación es como un Ferrari sin gasolina; se desaprovecha y al final deja de funcionar.
Que nadie piense lo que no es, no pido oficinas Google con toboganes, butacas de masaje, buffets libres de dulces y bebidas y una Wii en cada despacho (aunque tampoco estaría mal), se trata simplemente de mimar un poco al trabajador sin acomodarlo para que trabaje motivado incluso en una situación económica hostil.
El trabajador consentido, exige y no produce (síndrome del funcionario dirían algunos; con respeto a todos los funcionarios eficientes, que son muchos). El trabajador mimado, en cambio, produce más y mejor incluso cuando las cosas van mal.
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